mayo 19, 2020

La Salida

Por Manuel Moreno Rebolledo


Decía Séneca que la armonía total en este mundo está llena de discordancias. No sé si en nuestros tiempos esto siga aplicando.
Al día de hoy, muchos llevamos más de sesenta días de confinamiento, más obligados por un acto de autopreservación –seamos sinceros–, que por una especie de consciencia colectiva. Esto lo vemos cuando por nuestras ventanas sigue apareciendo una buena cantidad de tránsito vehicular que parece quererse adelantar a la “nueva normalidad”.
En este par de meses, opiniones de economistas, sociólogos, filósofos (entre otros especialistas o estudiosos), han ido y venido sobre lo que ya está trayendo consigo esta pandemia y los posibles cambios que en materia de reordenamiento –político y económico, sobre todo–, muchos parecen esperar.
Será muy difícil concebir un cambio generalizado, si internamente cada gobierno no encuentra los consensos sobre el tipo de Estado que más le conviene a su población muy por encima del que se quisiera tener. La discusión podría volverse más difícil si quien lidera un gobierno insiste en ideas preconcebidas, anacrónicas y poco prácticas. Y para ello necesitamos –otra vez–, una extensa Reforma pues, de un esfuerzo local, se puede lograr un acuerdo global.
Para tener una justa profundidad, –como nos explica en un documento el jurista Emilio Rabasa Gamboa del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM–, esta Reforma debiera responder a las preguntas “…¿hacia dónde, en qué dirección? y ¿hasta dónde, con qué grado de densidad hay que reformar al Estado? […] Una pregunta similar a la que se formuló el Constituyente de 1916-7 para el siglo XX con la Revolución iniciada por Madero y continuada por Carranza, y que contestó con un Estado social con un Ejecutivo fuerte, a diferencia del Constituyente de 1856-7 que conformó un Estado liberal con un Congreso fuerte y un Presidente debilitado para evitar que se repitiera la dictadura de Santa Anna”.
Ya entrados veinte años en el nuevo siglo, al menos en México, no se ven avances sustanciales en crecimiento y bienestar; de hecho, en los últimos dieciocho meses ambos indicadores se han agravado, más aún cuando no existe la suficiente confianza en la dispersión de los beneficios sociales que, sin intermediarios, dice el presidente que entrega.
La pregunta sobre qué Estado nos conviene la tendría que hacer en forma abierta el Congreso Federal, tomando al Ejecutivo, a la Suprema Corte y a los partidos políticos como actores más de la consulta, sin un peso específico mayor al que tendría una institución de enseñanza superior, una representación social, un organismo empresarial o un grupo de representación profesional, buscando evitar lo que tanto daño le ha hecho a todas las consultas abiertas: la ideologización de las propuestas.
Después de lo que hemos vivido en los últimos veinte años y, ahora que un virus ha provocado que muchos nos mantengamos en estado de reflexión, debemos –en mi opinión–, partir de varias premisas que nos ayuden a buscar esos cambios que nos permitan tener un país con destino.
A considerar tenemos la preservación de los recursos naturales. La generación de riqueza debe ser no sólo autosustentable; debe asumir un respeto irrestricto por el medio ambiente: la necesidad de crear energías limpias y dejar atrás el uso desmedido de las gasolinas será un imperativo en las nuevas sociedades; los motores de combustión ya tienen fecha de caducidad en muchos países.
Otro tema es la Educación. Esta debe formarse con el ejemplo que nos han puesto los países con mejor calidad de vida. Debe ser el pilar del desarrollo. Las sociedades mejor educadas son los que sufren menos engaños por parte de sus clases políticas: las sociedades mejor educadas son las que abandonaron hace muchos años el subdesarrollo. La educación debe dejar de ser el botín político de un grupo o de caprichos individuales.
Restringir la actividad empresarial y privilegiar el estatismo económico, no ha funcionado en ningún lado. La libre empresa y el emprendimiento, deben ser regulados y vigilados por instituciones sólidas; por un verdadero Estado de derecho y no por los vaivenes ideológicos o los intereses individuales de sus políticos; la recaudación impositiva debe ser inflexible, obligatoria y con reglas claras, con instituciones que le permitan a los ciudadanos vigilar los recursos destinados al bienestar social. La vigilancia social de los recursos públicos es, a mi juicio, la única manera –al menos en países con antecedentes de corrupción como el nuestro–, de que los programas sociales lleguen a sus destinatarios y cumplan con sus objetivos.
La equidad no se consigue por decreto: se construye y debe ser vista como objetivo por todos los sectores productivos de la sociedad, pero deben contar con un Estado que permita brindarles la libertad de competir, incluso compitiendo contra las empresas del Estado: cuando una autoridad le resta opciones al ciudadano, está atentando contra su libre albedrío. Naciones más desarrolladas y con una mejor distribución de la riqueza que nosotros, nos dan también ese ejemplo. No desperdiciemos los casos de éxito.
Decía Victor Hugo que su enfermedad era la utopía, que la de otros era la rutina. “La utopía es el porvenir que se esfuerza en nacer. La rutina es el pasado que se obstina en seguir viviendo”.
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abril 14, 2020

Mentiras y Contradicciones

Por Manuel Moreno Rebolledo
Yo no sabía –probablemente Ustedes sí–, pero los 23 de febrero se celebra el día de Pinocho, aquel personaje del cuento de Carlo Collodi que inspiró a Walt Disney a crear uno de los dibujos animados más famosos en la historia del cine y cuya película se estrenó con esa fecha, pero de 1940.
La enseñanza que nos dejó esa película (sobre todo a quienes la vimos siendo niños), es que decir mentiras, tarde que temprano, nos trae consecuencias que pueden ser terribles. El problema es cuando decir mentiras se vuelve algo incontrolable y comienza a formar parte de tu personalidad. Es decir, se sufre de mitomanía.
Esa enfermedad, conocida también como pseudología fantástica o mentira patológica –es un padecimiento mental–, que no permite distinguir entre lo que es mentira y lo que no es. Es la descripción para quienes tienen un comportamiento de mentir compulsiva y habitualmente y hace que quienes la padecen, inventen hechos o información tan poco demostrable que fácilmente se puede refutar.
Señalo algunas cuestiones que, en ese sentido, nos atañen.
Mientras por una parte se nos pide un país unido (supongo en torno a las decisiones del presidente), por la otra es el mismo Ejecutivo quien, cada mañana en sus conferencias de prensa, no pierde oportunidad en llamar conservadores, fifís, neoliberales, de derecha (así, generalizando), a todo aquel que comente o haga algo –como interponer un amparo o promover un juicio–, o que opine y vaya en contra de sus disposiciones.
Otro tema son las mentiras que en esas reuniones matutinas nos da por ciertas López Obrador. Generaliza (sin prueba que medie), nos dice que hay empresas que se han formado con actos de corrupción sin demostrarlo; siempre cuenta con otros datos que difieren de lo que su propio gobierno señala; nos dice que aún existen 400 mil millones de pesos de “fondos extra”, cuando en realidad ya se gastaron un poco más de la mitad. En fin, le da por darnos Fake News cada mañana, que no son refutables. Existe una empresa –que seguramente quienes son seguidores de AMLO la calificarán en los mismos términos en que él –, que a través de su página de internet (http://www.spintcp.com/conferenciapresidente/category/impresos/spin/) nos da semanalmente un análisis de contenido de las conferencias de prensa matutinas a través de infografías y audios de las entrevistas que le hacen a su Director General, Luis Estrada.
Esto en ningún momento quiere decir que entre los opositores a López Obrador no haya muchos que fabriquen noticias falsas y exageren datos que lo contradicen; es decir, por una parte, es el mismo presidente quien se encarga de darle “parque” a sus opositores al no hablar enteramente con la verdad y, por otra, deja en claro qué tipo de oposición tenemos en México.
Lo recomendable es seguir a las plumas y prensa que siempre han hecho críticas a todo tipo de gobierno y a todo tipo de oposición sin importar de qué color son. Para este gobierno –y permítaseme un poco de sarcasmo–, toda la prensa que lo critique es mezquina, fifí, conservadora (sic) –todos los que critican ahora son de derecha por el sagrado designio de la generalización–; es una prensa merecedora de censura, que prefiere una globalización pecadora en lugar de defender (envuelta en nuestro lábaro patrio), esa soberanía heredada por el gran nacionalismo revolucionario; es una prensa que está ajena a la verdad absoluta que cada día nos prodiga en forma sabia y acertada aquel que representa este gobierno bueno, santo, impoluto y que no merecemos quienes vivimos del pecado de la crítica; es una prensa que no entiende que sí estuvo muy bien llevarle diario su muertómetro al presidente Borolas pero está muy mal criticar siquiera con el pétalo de una línea ágata a quien todos los amaneceres nos despierta con ese llamado muy suyo a la unidad nacional porque a todos nos considera sus hijos aunque a algunos les llame adversarios; es una prensa mañosa que nunca comprendió que reproducir los chistes y los memes que evidenciaban al vendepatrias copetudo sí estaba bien pero es un hecho reprobable reproducir las burlas en contra de aquel que buscó por dieciocho años ser el pastor nacional; es una prensa malévola que no entiende que dudar que las muchas casas de uno de sus apóstoles las haya obtenido con el sudor de su frente porque sería como ofenderlo a él; es una prensa esquiva que debiera aprender de los nuevos próceres del periodismo como varios de los que ocupan las primeras filas de sus mañaneras o que nunca se le ocurren cuestionamientos tan informativamente relevantes como el ver al presidente derrochar energía cual corredor keniano.
Más le valdría ver todo –a esa prensa sin rumbo– con la óptica supraobjetiva de titanes de la comunicación como John Ackerman o Epigmenio Ibarra o Nacho Rodríguez (El Chapucero) y tener, como este último, su canal de infinitos elogios en YouTube y así acogerla con el sagrado manto protector del presupuesto.
Olvidando el sarcasmo, a los de este gobierno y a sus partidarios, además de dejar de mentir, bien les valdría darse una vuelta por la hemeroteca –ahora que la abran–, para darse cuenta que la mayoría de las críticas fueron para todos lados; que la prensa no es la culpable de que ahora la exposición del presidente sea diaria y que casi en forma habitual haya bulos que desmentir también de manera cotidiana; que los artículos antes críticos de Fox, Calderón y Peña (sólo por citar a algunos ex presidentes), lo son ahora de la Cuarta Transformación y su principal figura; que la labor del periodismo es, ante todo, vigilar al poder y denunciar lo que, en su opinión, esté mal.
El poeta, novelista y dramaturgo, Jean Cocteau, decía que un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad.
Hasta la próxima.
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abril 06, 2020

Keynes

En 1937, durante el discurso de su segunda investidura como presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt dijo –quizás influido por su paso por Groton School–, que “la prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proporcionamos suficiente a aquellos que tienen demasiado poco”.
La economía es determinante de la civilización. No es posible comprender una convención social sin entender la forma en que sus bienes y servicios se producen, transitan y son intercambiados.

Ahora, nuevamente la economía representa una enorme duda entre especialistas y humanistas en general, tratando de resolver el camino a seguir después de que la pandemia ocasionada por el coronavirus sea, cuando menos, contenida; tal como lo estuvieron después de la recesión ocasionada por la caída de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929.

Muchos teóricos trabajaron en esquemas de recuperación, sin embargo (salvo esquemas totalmente estatistas teorizados desde el siglo XIX y que, unos tras otros fallaron), todo fluyó de nuevo a continuar con un modelo que pronto mostraría nuevos matices: el capitalismo.

Los años anteriores a la crisis de aquel jueves negro, la prosperidad en Estados Unidos era manifiesta en varios campos: los salarios subieron aceleradamente, lo que hizo que el poder adquisitivo creciera en la misma proporción; el llamado American Way of Life se arraigó interna y externamente. El liberalismo económico era evidente en esos años, cualquier posible intervención del Estado sobre la dinámica de los mercados era impensable. 

La ruptura
Después de la Revolución Industrial, ha sido precisamente la crisis del 29 la más estudiada dado su alcance: se hizo presente en todos los rubros sociales debido a que su consecuencia más importante fue la desarticulación del sistema económico con la ruptura en cadena de cada uno de los sectores productivos. La pobreza se hizo presente en un país que, hasta hacía poco, había mostrado una bonanza sin precedente. Todas las economías que eran codependientes de Estados Unidos sufrieron, en diferentes momentos, los efectos de las medidas de recuperación tomadas en Norteamérica.

Hace pocos años, Thomas Piketty puso al mundo de los economistas a girar proponiendo repensar a Carlos Marx y su obra capital. Algo poco realista. Ahora, después de que el planeta rota en torno a un cambio necesario en el planteamiento de sus principios macroeconómicos debido a la nueva gran crisis que se pronostica, lo prudente sería reflexionar sobre John Maynard Keynes.

Como escribí líneas arriba, después de la década de los 30 del siglo pasado, el capitalismo resurgió fuerte y renovado; tan renovado que nuevos matices como su versión salvaje, surgieron a pesar de las convenciones que la mayoría de los países demócratas se autoimpusieron en búsqueda de parámetros que los volverían, tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, en naciones desarrolladas. Entonces un nuevo debate surgió: debe o no el Estado intervenir en el libre mercado.

Hay sectores que se escandalizan cuando escuchan términos como “redistribución” o “intervención”, sin darse cuenta que gran parte del alejamiento del Estado en tareas regulatorias al libre mercado ha devenido –sobre todo en países latinoamericanos– en mayor corrupción y ha derivado (queramos reconocerlo o no), en prácticas ahora tan bien definidas como el “capitalismo de Cuates”.

El nuevo New Deal
Es muy probable que Keynes ya haya sido superado con nuevas ideas que refrescan (o ponen en sintonía más exacta con la realidad) la teoría económica, no obstante, debemos reconocer la vigencia de muchas otras ideas que podrían ponerse en una nueva perspectiva ante lo que será, según muchos, el nuevo reto que en materia económica enfrentará la humanidad.

Es un hecho –al menos así lo pienso–, que el Estado tendrá una intervención determinante en aquellos países que saldrán más rápido de la crisis (el dinero que Trump o la Unión Europea destinarán en esta primera etapa del problema para apoyar a empresas e individuos, es sólo el inicio del flujo de capital que los gobiernos tendrán que destinar a la reconstrucción de sus respectivos países). Eso, de alguna manera, conllevará una férrea vigilancia de hacia dónde van los recursos, cómo se destinan y, en resumen, a ponerle nuevas reglas al mercado. 

Sin embargo, lo más importante para cualquier tipo de reconstrucción –o rescate–, es incentivar el empleo con puestos de trabajo que permitan que el consumo crezca y el ciclo económico se complete. 

Muchas empresas saldrán lastimadas. Promover el empleo será no sólo una tarea exclusiva de los gobiernos como patrones (la proyección y puesta en marcha de obras de infraestructura –viables y con futuro–, así como nuevas reformas legales que se alineen a un nuevo orden laboral que además terminen con sindicalismos opacos), sino que los gobiernos también deberán servir como un apoyo institucional hacia las empresas, dándoles flexibilidad fiscal y tratamiento especial a aquellas que no sólo contengan su planta laboral sino que la mejoren en términos de percepciones.

Para ello, los gobiernos necesitarán mucho dinero que forzosamente tendrá que venir de dos fuentes: los ahorros y los préstamos. Todo eso derivará, por supuesto, en un aumento del déficit que será tan momentáneo como la atracción y conservación de nuevas inversiones lo permita.

La clave de todo ello será el respeto a la ley: sin legalidad regresaremos siempre al punto de partida.

La duración
Muchas medidas a las adicionales –algunas más incómodas que otras– deberán ser tomadas a modo de facilitar el camino a una rápida recuperación. La convención de todos los factores financieros es más que necesaria. Trabajar sobre las tasas de interés bancarias, sobre los créditos y llamar al orden a aquellas instituciones financieras que se manejan al borde de la legalidad; buscar las mejores estrategias para hacer competitivas las monedas y dar facilidades a la exportación, son medidas que, sí o sí, tendrán que darse.

Cierto que el viejo New Deal pudo contabilizar beneficios relativamente rápido (un par de décadas después del inicio de la crisis), debido a la producción de armas para la Segunda Guerra Mundial, lo que permitió la generación a gran escala de empleos; sin embargo –y es mi opinión–, ahora la tecnología será ese gran asidero que permitirá una aceleración de la recuperación: el incentivo –también a Universidades– que privilegien la educación tecnológica con sus debidas áreas de investigación y puestos laborales disponibles inmediatamente después del fin del ciclo educativo, será algo indispensable.

No va a importar si las economías son pequeñas o grandes para que las recuperaciones sean más rápidas o más lentas –la obviedad en esto se da por sí misma–, sino la disciplina con la que se impongan los cambios y los acuerdos que se generen hacia adentro de sus sociedades. Un viejo proverbio africano dice: "Si piensas que eres demasiado pequeño para cambiar las cosas, es porque nunca has dormido con un mosquito en la habitación."

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febrero 06, 2020

El Flautista de Hamelín

(Escrito el 13 de agosto de 2013 para CVO Noticias)
Hace unos días –el 25 de agosto– cumplió 90 años Álvaro Mutis, uno de los mejores autores latinoamericanos que he leído (él es colombiano). Es difícil que alguien en México no conozca a Mutis, sobre todo después de que Octavio Paz no se cansó de elogiarlo cuando decía que Mutis era un poeta de la estirpe más rara en español: rico sin ostentación y sin despilfarro. Con una necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice. Con amor por la palabra, desesperación ante la palabra y odio a la palabra: extremos del poeta, decía Paz.
Personalmente, Álvaro Mutis me ha dado muchas lecciones entreteniéndome inteligentemente. Es –para mí, insisto–, de esos escritores que sigo (principalmente en su prosa) porque es un gran contador de historias, cada una de ellas con una infinidad de interpretaciones y con todas las adecuaciones al contexto presente de cada quién sin forzar absolutamente nada.
Uno de los ejemplos que precisamente en estas épocas me viene a la cabeza es el libro que escribió hace más de 30 años, en 1982 y que se llama La Verdadera Historia del Flautista de Hamelin donde, con su agudísimo sentido del humor, convierte en víctima al villano trastocando los valores convencionales inherentes al ser humano, volviendo la crueldad en comicidad e ironía.
Sin pretender equiparación alguna, quisiera en este artículo darme a la tarea de hacer mi propia recreación (o adaptación, si se me permite), de esa leyenda sucedida hace casi ocho siglos –y que recogen como cuento infantil los hermanos Grimm–, en la que unos niños pagaron por la tacañería de sus padres cuando éstos no le quisieron pagar al flautista por deshacerse de la plaga de ratas que asolaba ese pueblo (a la fecha, cabe decir, que en una calle de esa ahora pequeña ciudad, está prohibido tocar música aún en las festividades públicas en recuerdo de ese cuento. Cosa de tradición).
Sólo a manera de recordar lo que la leyenda cuenta, en el año 1284 en un pueblo de la baja Sajonia llamado Hameln (en castellano Hamelin, por cierto, la ciudad donde fueron ejecutados los asesinos condenados en el juicio de Bergen-Belsen por crímenes contra la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial), había una plaga de ratas que tenía prácticamente sitiado –y asolado– al pueblo.
Un día apareció un hombre al que nadie había visto y se ofreció para liberar al pueblo de las ratas. A cambio de una recompensa, él les libraría de ese enorme problema, y los aldeanos estuvieron de acuerdo en pagar lo pactado. El desconocido, quien era un flautista, empezó a hacer sonar su instrumento, y todas las ratas salieron de sus escondites y agujeros y empezaron a caminar hacia donde la música iba sonando. Cuando todas las ratas estuvieron reunidas en torno a la música que salía de la flauta del hombre, éste empezó a caminar y las ratas le siguieron por la música que salía de ese instrumento. El flautista se dirigió hacia el río Weser y las ratas que, hipnotizadas iban tras él, se ahogaron en el río.
Una vez que cumplió con lo que había ofrecido, el flautista volvió al pueblo a reclamar su pago, pero los aldeanos se rehusaron a pagarle. El hombre, realmente enojado, dejó el pueblo para volver poco después buscando venganza.
Mientras los aldeanos estaban en la iglesia celebrando las fiestas de San Pedro y San Pablo, el hombre volvió a tocar con la flauta su extraña música. Esta vez fueron los niños, ciento treinta niños y niñas, los que le siguieron al compás de la música, y abandonando el pueblo los llevó hasta una cueva. Nunca más se les volvió a ver. Según versiones, algunos de los niños se quedaron atrás, un niño cojo que no pudo seguir al paso de sus amigos, uno sordo, que sólo los siguió por curiosidad, y otro ciego, que no podía ver hacia dónde los llevaban y se perdió. Fueron estos tres niños quienes les informaron a los aldeanos lo que había sucedido. Otras versiones dicen que el flautista regresó a los niños una vez que los aldeanos le pagaron.
Hay mucho que aprender de esta leyenda (y aún más, si se puede, de la versión de Álvaro Mutis). En todos lados hay flautistas de Hamelin quienes, sintiéndose engañados o defraudados, encantan a sectores importantes de la población (si no con música hipnotizadora, como el original), con arengas y promesas que no sólo logran endulzar los oídos de quienes los escuchan sino que les prometen utopías en las que todavía creen quienes han tenido la mala fortuna de no tener la suficiente ilustración.
Son encantadores de masas que apuestan por redimir –mediante votos–, desde los sueños rotos y la desesperanza de muchos, hasta los más antiguos rencores sociales haciendo algo realmente simple, el secreto más viejo de la comunicación de masas: decir lo que la mayoría de la gente quiere escuchar. Esos nuevos flautistas hacen que el colectivo los siga hasta sus últimas consecuencias si eso es preciso y logran que esta masa (como hipnotizada por el refuerzo de lo que creen) tome calles, aeropuertos y carreteras sin importar el daño pero, sobre todo, sin importar si la razón está de su lado o no. Ellos sólo se dedican a seguir a su flautista.
El gran activista norteamericano, Ralph Nader, nos dice que él siempre comienza con la premisa de que la función del líder es producir más líderes, no más seguidores. ¿Queda claro?

enero 09, 2020

Nosotros los Pobres


“Los pobres tenemos la riqueza del corazón”
La Hija de la Otra, Vicente Orona, 1951



El año pasado antes de las elecciones, en una de las tantas mesas de análisis electoral que las televisoras nos prodigaron (digamos –por ser bondadosos con ellos–, que lo han hecho como una tarea de cumplimiento informativo), uno de los múltiples voceros de los que echó mano la campaña de Andrés Manuel López Obrador, le dijo a su increpante: “Es que Andrés Manuel habla como el pueblo”, dándole contexto a la crítica de que el candidato del PRI, José Antonio Meade, sólo se sabía expresar técnicamente, por lo cual no conectaba con la mayoría de los votantes.

“¿Cómo habla el pueblo?” le preguntaron en seguida un par de veces, y no quiso (o sospecho que no supo) responder.

Nuestro cine, desde la época de oro hasta nuestros días, ha tratado la pobreza como el receptáculo de todas las calamidades; si eso se apega a la vida real es otra historia, pero la percepción de que los pobres siempre son víctimas de algo, ha penetrado fuerte y ha sabido perdurar porque no ha habido otro tándem comunicación/cultura que cambie esa percepción.

La tradición del sufrimiento fomentada por el cine (y luego por las telenovelas), nos han mostrado –casi pedagógicamente– que al pobre siempre le pasa lo peor: les roban, mueren seres queridos o pierden lo poco que tienen por accidentes desafortunados, la autoridad abusa de ellos, son los olvidados, los últimos en el reparto de cualquier cosa. Aún así cantan y ríen. Es el pueblo bueno. “Viva mi desgracia” escribiría en una conocida canción Francisco Cárdenas.

Por otro lado, a los ricos nos los han mostrado como malvados, mezquinos, aquellos que no se cansan de explotar al pobre, que humillan, sobajan y que, además, siempre están por encima de la ley o, en muchos casos son además de ricos, la propia ley. El binomio Empresarios-Autoridad se muestra siempre como la gran conspiración en contra del pueblo. Aún así, nos han vendido la idea de que el rico también llora y que, sólo una vez que se acerca al pobre y entiende sus problemas, es redimido.

El lenguaje que ha utilizado López Obrador a lo largo de sus participaciones en La Mañanera, está muy apegado a este guion. Si analizamos muy someramente su discurso desde el punto de vista semiótico, las metáforas, prosopopeyas, el lenguaje gesticular y la interrogación retórica las ha utilizado para darle un mayor significado a un planteamiento que pareciera simplista pero no lo es: Los ricos abusan de los pobres. Luego entonces, los empresarios y el pueblo bueno son incompatibles, los empresarios son el enemigo, “la Patria es primero” y el empresario que quiera ser perdonado tiene que redimirse conmigo –nos dice AMLO no diciéndolo–.

Ese lenguaje, que ha sido plasmado –insisto–, en la tragicomedia mexicana multimedia a la que históricamente hemos sido sometidos el promedio de los mexicanos porque nos es coloquial nos es íntimo y nos es familiar, ha permeado en todos los niveles: es un discurso tan poderoso (porque culturalmente tiene sustento en la percepción de la mayoría), que ricos y pobres, profesionistas y desempleados, jóvenes estudiantes y gente mayor pensionada, lo han tomado como suyo y, en una contradicción enorme –pues no deja de ser una construcción emotiva del discurso–, le han dado la razón (de ahí que no obstante los enormes yerros de este año y las mentiras que dice cada día en el púlpito matutino, su nivel de aprobación siga tan alto). Mucha gente le cree porque no tiene en quién más creer; nadie le está dando a la masa una prédica diaria además de él.

Esto nos lleva a otro asunto. Mientras esto ocurre con López Obrador, la oposición parece no haberse dado cuenta de que el tiempo se les acabó hace dos años y que pudieran tener una ligera oportunidad en 2021. Parecen no haber podido conectar emotivamente con la gente. No se ha medido aún, pero de haber un sondeo sobre cómo percibimos a la oposición al día de hoy, seguro saldría muy lastimada. Hasta ahora –y si tomamos a las encuestas como escenarios al día–, las tendencias indican que la toma de una narrativa que esa masa toma como propia, es lo que va predominando.

Los discursos de la oposición siguen siendo más racionales que emotivos y eso, en un proceso de recomposición y curación de heridas, es el preludio a un nuevo fracaso. Si a esto le sumamos la andanada de dinero que recibirán las clientelas políticas de Morena (y la de los partidos nuevos que se sumen para mantener registro en la siguiente elección intermedia), el daño a ellos, no sólo al país, será enorme.

A estas alturas, ya cumplido el primer año, el tiempo comienza a no medirse en días sino en acciones, en comunicaciones y en presencia eficiente. Cualquier desperdicio puede significar la diferencia entre recomponerse o perder y tener una nueva oportunidad en el largo plazo. Aún hay muchas formas creativas de revertir tendencias, pero es importante que los equipos de comunicación involucrados con la oposición de este país no cometan más errores.

Pitágoras, cuando era preguntado sobre qué era el tiempo, respondía que era el alma de este mundo. Falta año y medio para refrendarle un poder absoluto a López Obrador… o no.

Tic, tac… Tic, tac.

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La Revolución

  por Manuel Moreno Rebolledo Con 110 años de edad, la Revolución Mexicana –impulsada por la pequeña burguesía de la época y con un ideario...