escrito por Juan Villoro para el periódico Reforma (06.11.2015)
En diciembre de 1975 llegué a Roma como en una novela de Cesare Pavese: al mismo tiempo que los vendedores de castañas. Un mes antes había sido asesinado Pier Paolo Pasolini. No se hablaba de otra cosa en la ciudad de las siete colinas.
Pagué mi pasaje a Europa trabajando en un barco carguero y contaba con ocho dólares diarios para sobrevivir en un voluntario vagabundeo. Me instalé en el albergue juvenil, junto al Estadio Olímpico, en las afueras de la ciudad. Las fogatas de las prostitutas hacían arabescos de sombra en el cristal translúcido de nuestro cuarto con veinte literas. Al cabo de unos días me mudé a un albergue cristiano, más céntrico. Por las tardes iba a las oficinas de L'Unitá, órgano del Partido Comunista, a leer gratis el periódico que se colocaba en los muros al modo de un dazibao. Pasolini, expulsado del partido por "inmoralidad sexual", era el tema obsesivo de los artículos.
Había leído su libro de poemas Las cenizas de Gramsci, su novela Teorema, que luego llevó al cine, y Ragazzi di vita, traducida como Muchachos de la calle. Admiraba sus versiones cinematográficas de Edipo Rey, El Evangelio según San Mateo, El Decamerón, Las mil y una noches y Los cuentos de Canterbury, y me había horrorizado con Salò o los 120 días de Sodoma, retrato de una orgía fascista. Pasolini unía dos convicciones que yo trataba de emular, el comunismo y el catolicismo, preconizaba la libertad sexual y era un extraño pionero en la interpretación cultural del futbol. Fanático del equipo de su ciudad natal, el Bolonia FC, jugaba en una liga de aficionados como imaginativo extremo izquierdo y describió la final de México 70 como un triunfo del "futbol de poesía", representado por Brasil, sobre el "futbol de prosa" de Italia.
Decir que lo admiraba es rebajar la idolatría. Sabía que cenaba a diario con el novelista Alberto Moravia y pensaba verlo de lejos en ese restaurante, sin dirigirle la palabra.
En un espléndido artículo publicado en Crónica, Francisco Báez Rodríguez recordó la forma en que el autor profetizó su muerte. A propósito del asesinato de dos chicas de barriada a manos de unos jóvenes ricos de derecha, Pasolini había polemizado con Italo Calvino. De acuerdo con el autor de El barón rampante, ese crimen reflejaba la decadencia moral de la burguesía. Pasolini sostenía, por el contrario, que la violencia podía emanar de cualquier zona de la sociedad. Al día siguiente de escribir su respuesta, conoció a un chico de barrio cerca de la estación de trenes, salió con él y fue asesinado. "De una manera sorprendente, con su propia muerte, ganaba el debate", escribe Báez Rodríguez.
Desde su película Accatone, que narra la vida de un ladrón, Pasolini captó el mundo del joven sin expectativas. En un texto sobre futbol, publicado en 1963, dejó esta estampa de alguien que podría ser su asesino: "Fue un mal hijo, un mal estudiante, sin culpa. Pálido, con los ojos azules bordeados de negro y de sangre, quizá también tísico, en cualquier caso femeninamente débil: predispuesto, por un terrible destino, a ser un posible espía, un rufián, un traficante de cocaína, un productor de espectáculos de cuarta categoría [...] Él es 'el Dios', llevando en el corazón la miseria de miles de pobres diablos veinteañeros llegados de la provincia -torpes como jabalíes, tímidos como sus primas; envilecidos, estúpidos- para comerse cada uno su porción de vida, tirándola. ¿Sobre cuántos cuerpos pasará?". En forma anticipada, Pasolini trazó el amoroso retrato de su verdugo, como si citara a Cesare Pavese: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".
En su película Caro diario, Nanni Moretti visita la playa de Ostia donde el poeta y cineasta fue asesinado. Durante cinco minutos recorre en motoneta esa desolada región suburbana, al compás del Concierto de Colonia, de Keith Jarrett. Finalmente se detiene, junto a una cancha de futbol de hierba crecida y seca. Un pequeño monumento, con la hoz de la esperanza, recuerda a la víctima. El sencillo retrato de un vacío.
Ante la tumba de Gramsci, Pasolini sintió las ambivalentes tensiones que un maestro provoca en quien desea pensar por cuenta propia: "El escándalo de contradecirme, de estar/ contigo y contra ti, contigo en el corazón,/ en la luz; contra ti en las oscuras vísceras".
Hace cuarenta años murió Pier Paolo Pasolini. No quiso la beatitud del santo ni la devoción del líder. Supo pensar. Quienes queríamos idolatrarlo, aprendimos en sus versos a estar con él y contra él, en el escándalo de contradecirnos.
noviembre 06, 2015
octubre 03, 2015
Personajes
Publicado en la versión impresa de la Revista Merca2.0 del mes de octubre.
Cabilderos
En México hay un sólo tipo de cabildeo pero ejecutado por dos tipos de cabilderos, me explico: El cabildeo tiene por objeto el influir en el poder público –ejecutivo o legislativo– para, a través de la emisión de leyes o decretos, favorecer determinados intereses, particulares o públicos, que pueden beneficiar a una empresa o grupo de empresas que promueven una ley determinada y que además traerá consigo beneficios públicos (como por ejemplo, si las empresas que se dedican al tratamiento de aguas logran que por ley toda construcción que se haga en una metrópoli como la ciudad de México se obligue a tener una planta de tratamiento de agua residual para abatir la escasez del líquido –cosa que no se le ocurre ni de broma a los legisladores–); pero esta práctica también pueden favorecer a otro tipo de empresas que, sin menoscabo del perjuicio que puedan ocasionar a la población (como el sonadísimo caso de las cigarreras estadounidenses en los 80’s), se salgan con la suya y hasta lleguen a la corrupción como un método de “influencia” más directa.
Ética
Sin embargo, como mencionaba, hay dos tipos de cabilderos: Quienes a través de un trabajo serio de relaciones públicas buscan la base social como soporte a su trabajo de influencia y quienes se ostentan como cabilderos profesionales (casi siempre miembros distinguidos de la administración pública, que terminaron su ejercicio y no cuentan con un reacomodo razonablemente remunerativo en ese sector), que hacen su trabajo sin la menor consideración ética.
En este sentido, la ética en nuestra profesión se dimensiona aun más y no pretende otra cosa que la valoración de nuestros actos con respecto al sentir común de una sociedad ya de por sí lastimada por las decisiones de quienes administran (o han administrado) el gobierno.
Nada nos debe impedir como profesionales, rescatar las causas que sean justas a la vista de nuestra sociedad.
En México
Hace unos años, una diputada federal del Partido Acción Nacional (y quien casualmente era la esposa del –a la sazón–, presidente de ese partido), me dijo con toda la convicción posible que en nuestro país no existía el cabildeo.
Debo confesar que busqué por todos los medios no faltarle al respeto con la carcajada que solté ante lo que no sabía si era una clara muestra de cinismo o de una ignorancia absoluta. No importa de qué partido sean, siempre reaccionarán igual.
Y es que en nuestro país la doble moral es moneda de curso. Por un lado están esos políticos que siempre buscarán la manera de sacar provecho de su posición (ya sea como miembros o al frente de alguna comisión) y argumentando no saber nada al respecto y, por otro lado, quienes sin el menor asomo de ética sacan el mayor provecho posible dadas sus afiliaciones como ex miembros de un gobierno.
Y esa ausencia de rectitud también involucra, sin duda, a quien los contrata. En muchas empresas el silencio no es oro, es un sobre, decía el enorme humorista Jaume Perich (traductor de un sinfín de números de Ásterix el Galo), refiriéndose al silencio que deben guardar muchas empresas ante la posibilidad de ganar dinero “no con buenos métodos”.
Un personaje ficticio
Imaginen Ustedes a un personaje que se desempeñó como miembro prominente de un gobierno (al frente de una institución de salud), que regresa a la IP como director en una agencia de relaciones públicas –y que lo contratan sin importar que durante su gestión tuvo un pésimo manejo de crisis sobre un hecho muy grave (y lamentable) del que incluso se le menciona como responsable–.
Imaginen su poder de cabildeo a favor de algunas empresas relacionadas con el sector salud (como farmacéuticas –con las que seguramente tuvo qué ver cuando fue funcionario público–). Imaginen, sólo imaginen porque eso en México no pasa.
“Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”, decía el poeta latino Horacio. Hasta ahora para lavar el vaso, solamente se requiere de voluntad individual y que el gobierno federal (para empezar), emprenda acciones que dejen constancia innegable de que va en ese sentido. Si esto sigue así, lavar el vaso será una tarea de proporciones épicas que nadie se atreverá a hacer.
Hasta el próximo mes.
Ya no es un asunto raro que personajes de la
iniciativa privada formen ahora parte del gobierno y que personajes de la
administración pública, otrora bendecidos por el presidente en turno, sean
parte (o regresen a formar parte) del sector privado. A final de cuentas, la
línea que separaba ambas actividades se juntó desde que ya todos buscan un
beneficio que se traduzca en utilidades (desafortunadamente personales en el
caso del sector público).
Cabilderos
En México hay un sólo tipo de cabildeo pero ejecutado por dos tipos de cabilderos, me explico: El cabildeo tiene por objeto el influir en el poder público –ejecutivo o legislativo– para, a través de la emisión de leyes o decretos, favorecer determinados intereses, particulares o públicos, que pueden beneficiar a una empresa o grupo de empresas que promueven una ley determinada y que además traerá consigo beneficios públicos (como por ejemplo, si las empresas que se dedican al tratamiento de aguas logran que por ley toda construcción que se haga en una metrópoli como la ciudad de México se obligue a tener una planta de tratamiento de agua residual para abatir la escasez del líquido –cosa que no se le ocurre ni de broma a los legisladores–); pero esta práctica también pueden favorecer a otro tipo de empresas que, sin menoscabo del perjuicio que puedan ocasionar a la población (como el sonadísimo caso de las cigarreras estadounidenses en los 80’s), se salgan con la suya y hasta lleguen a la corrupción como un método de “influencia” más directa.
Ética
Sin embargo, como mencionaba, hay dos tipos de cabilderos: Quienes a través de un trabajo serio de relaciones públicas buscan la base social como soporte a su trabajo de influencia y quienes se ostentan como cabilderos profesionales (casi siempre miembros distinguidos de la administración pública, que terminaron su ejercicio y no cuentan con un reacomodo razonablemente remunerativo en ese sector), que hacen su trabajo sin la menor consideración ética.
En este sentido, la ética en nuestra profesión se dimensiona aun más y no pretende otra cosa que la valoración de nuestros actos con respecto al sentir común de una sociedad ya de por sí lastimada por las decisiones de quienes administran (o han administrado) el gobierno.
Nada nos debe impedir como profesionales, rescatar las causas que sean justas a la vista de nuestra sociedad.
En México
Hace unos años, una diputada federal del Partido Acción Nacional (y quien casualmente era la esposa del –a la sazón–, presidente de ese partido), me dijo con toda la convicción posible que en nuestro país no existía el cabildeo.
Debo confesar que busqué por todos los medios no faltarle al respeto con la carcajada que solté ante lo que no sabía si era una clara muestra de cinismo o de una ignorancia absoluta. No importa de qué partido sean, siempre reaccionarán igual.
Y es que en nuestro país la doble moral es moneda de curso. Por un lado están esos políticos que siempre buscarán la manera de sacar provecho de su posición (ya sea como miembros o al frente de alguna comisión) y argumentando no saber nada al respecto y, por otro lado, quienes sin el menor asomo de ética sacan el mayor provecho posible dadas sus afiliaciones como ex miembros de un gobierno.
Y esa ausencia de rectitud también involucra, sin duda, a quien los contrata. En muchas empresas el silencio no es oro, es un sobre, decía el enorme humorista Jaume Perich (traductor de un sinfín de números de Ásterix el Galo), refiriéndose al silencio que deben guardar muchas empresas ante la posibilidad de ganar dinero “no con buenos métodos”.
Imaginen Ustedes a un personaje que se desempeñó como miembro prominente de un gobierno (al frente de una institución de salud), que regresa a la IP como director en una agencia de relaciones públicas –y que lo contratan sin importar que durante su gestión tuvo un pésimo manejo de crisis sobre un hecho muy grave (y lamentable) del que incluso se le menciona como responsable–.
Imaginen su poder de cabildeo a favor de algunas empresas relacionadas con el sector salud (como farmacéuticas –con las que seguramente tuvo qué ver cuando fue funcionario público–). Imaginen, sólo imaginen porque eso en México no pasa.
“Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”, decía el poeta latino Horacio. Hasta ahora para lavar el vaso, solamente se requiere de voluntad individual y que el gobierno federal (para empezar), emprenda acciones que dejen constancia innegable de que va en ese sentido. Si esto sigue así, lavar el vaso será una tarea de proporciones épicas que nadie se atreverá a hacer.
Hasta el próximo mes.
septiembre 22, 2015
Sociología
Artículo publicado en el número de septiembre de 2015 de la revista Merca2.0
En su libro “Relaciones Públicas y Cultura”
(Editorial Vision Net, España), el profesor de la Universidad Complutense,
David Caldevilla –miembro prominente, por cierto de esa especie de sociedad
secreta llamada La Escuela Española de
Relaciones Públicas–, nos confirma que además de las llamadas ciencias de
la comunicación (obviedad necesaria dada la preparación de quien las ejerce),
son la sociología y la psicología social las madres de la disciplina que nos
ocupa en estas páginas. Son su columna vertebral, nos dice.
Esto nos vuelve a las raíces de un sopetón
cuando, sin el menor pudor, vemos todos los días que nuevas generaciones de
publirrelacionistas se nutren de la mercadotecnia como disciplina fundamental
para un trabajo cuya necesidad más importante es entender, influir y gestionar
la opinión pública, origen fundacional de lo que en este negocio se suele
llamar mercado.
La
Sociología
El hombre es un producto social y la sociedad es una creación del hombre
(en atención a Rousseau, primero y Hobbes, después). Pero es Durkheim quien
concibió a los seres humanos como criaturas cuyo verdadero potencial se
desarrolla casi exclusivamente en la vida social: la opinión, la dispersión de
ideas, la convicción y su consecuente difusión en un entorno determinado, son
realizaciones individuales que sólo pueden darse en un contexto social.
Comprar (ideas, objetos, marcas) y compartir (convicciones, trabajo),
son actividades que serían imposibles de ver sin un contexto donde la sociedad
influye y se deja influir. Es en ese sentido que podemos emitir una
generalización: es crucial para quienes ejercen las relaciones públicas el
punto de vista sociológico que nos ayuda a entender que los fenómenos sociales
–como los que inician este párrafo–, son mucho más que la suma de
individualidades.
Aplicaciones
El entendimiento adecuado de las diferentes teorías sociales, nos
permite interpretar adecuadamente los conceptos conflicto potencial, crisis
y riesgo sujetos siempre a la percepción
individual, social y al contexto cultural.
Los conflictos potenciales, el riesgo y la crisis tienen dimensiones
globales –no obstante la cultura local–, y su naturaleza es de importancia
capital para los profesionales de las relaciones públicas, justamente porque
las comunicaciones de riesgo y crisis son el núcleo de la teoría y práctica de
esta disciplina. Por ello es tan importante considerar a la unión entre riesgo,
crisis, reparación de la reputación y responsabilidad social, como una conexión
lineal.
Responsabilidad
corporativa
En su documento de promoción corporativa “The Road to Recovery” (2006), Burson-Marsteller nos dice que “una
reputación que puede tardar en crearse toda una vida se puede destruir en
segundos… una respuesta desafortunada, un acto inapropiado… una reorganización
poco medida… Sin embargo, la empresa bien gestionada y consciente de su
reputación no debe quedarse indefensa frente a la reputación dañada…Restaurar
la reputación de una empresa es una tarea monumental –pero no imposible–… la
estrategia más efectiva es una disculpa del presidente o del director general…
el segundo enfoque más recomendado para recuperar la reputación es
comprometerse a ser un mejor ciudadano corporativo.”
En ese sentido debemos recordar que, de ser un tema totalmente
marginal, la responsabilidad corporativa se ha convertido en una tendencia
generalizada en todos los rincones del planeta. Por ello, la gestión de
conflictos potenciales que se realizan en relaciones públicas deben vincularse
(casi simbióticamente) con los procesos de gestión de riesgos.
Conclusiones
¿En qué medida contribuye la
sociología a la teoría de las Relaciones Públicas?
La sociología es la ciencia que
estudia la “realidad social” y por ingenua que parezca esta definición su
primera ventaja es destacarse, por contraste, con la mercadotecnia y cualquier
otra actividad enfocada –de manera casi exclusiva, aunque no por ello
deleznable–, a los negocios. La sociología, dada su condición de saber, de
ciencia propiamente dicha, abunda en los fenómenos sociales, en la condición de
las sociedades, en saber qué y cómo se motivan para efectuar acción. Es más que
la suma de individualidades (en lo cual nos apoya la psicología social, sin
duda), es la comunión de valores, sentimientos y percepciones su enorme
contribución a las relaciones públicas.
julio 23, 2015
Tarde
Artículo de Juan E. Pardinas para el periódico Reforma
Publicado el 19 de julio de 2015
En el siglo XXI, el destino económico de un país dependerá de su capacidad de adaptación a los cambios en los mercados, la tecnología y los comportamientos sociales. Las naciones, como las especies, tienen que reformarse y evolucionar para sobrevivir. Esta semana, la realidad le ha puesto a México una serie de duras pruebas de adaptación y los resultados son preocupantes. La Ronda Uno para asignar contratos de exploración y explotación de petróleo fue en esencia nuestro examen de ingreso al orden energético global. La regulación de Uber demostró que el peso corporativo de los taxis pudo más que la voluntad de subirnos al tren del cambio tecnológico. La fuga del Chapo demuestra que México tiene la misma capacidad de adaptarse al mercado internacional de las drogas que un tiranosaurio rex a la caída de un meteorito en la península de Yucatán. Buscamos las respuestas en la historia y en la inercia, cuando las soluciones dependen de poder dejar el pasado atrás.
Durante décadas nos preocupamos que intereses extranjeros se querían enriquecer de la explotación de nuestro petróleo, pero cuando tiramos los muros a la inversión privada sólo dos invitados aceptaron la invitación a la fiesta. Ocho de los 14 bloques petroleros licitados en la Ronda Uno ni siquiera recibieron una sola oferta. No es lo mismo hacer un concurso con el barril a 100 dólares que a 50. La desangelada Ronda Uno demostró una asimetría en la percepción del valor de nuestra riqueza petrolera. Como sostiene el analista energético Gonzalo Monroy, la secretaría de Hacienda supuso que el valor comercial del petróleo en el subsuelo era muy superior a lo que estimaron las empresas. Después del acuerdo nuclear entre EU e Irán, este país del Medio Oriente anunció que en los próximos cinco años espera duplicar su producción de 3 a 6 millones de barriles. Para lograr esta meta, Irán busca forjar acuerdos y contratos de inversión privada similares a los que ofrece México. Esperamos décadas para abrir nuestro sector energético a la inversión privada. Dejamos pasar la era del petróleo caro. Nos adaptamos tarde.
El gobierno del Distrito Federal acaba de encarecer, perdón, regular el servicio de Uber y Cabify en la Ciudad de México. ¿Por qué sólo se permitirá usar coches con valor superior a 200 mil pesos? Cada vez que uses el servicio, en algún lugar de la tarifa, tendrás que pagar, en el futuro, como usuario el costo de este obstáculo a la competencia. Los choferes que se quieran autoemplear en Uber tendrán que pagar créditos más altos por autos más caros y el servicio se volverá, aún más, un lujo para chilangos privilegiados. Con este criterio, el GDF le puso un bache y un tope a la avenida por donde pasa la modernización tecnológica del transporte urbano.
Esta semana, mientras El Chapo se fugaba de una cárcel en el Estado de México, Barack Obama entraba a una penitenciaría en Oklahoma. Por primera vez en la historia, un presidente de Estados Unidos pisaba un penal. Obama escogió ese escenario para anunciar una reforma al sistema carcelario de su país. La iniciativa busca devolver la libertad a personas sentenciadas por venta de drogas, que no han cometido crímenes violentos. Mientras en varias partes de EU las personas compran y consumen legalmente mariguana, aquí las seguimos persiguiendo y encarcelando. El Chapo es un delincuente con una historia de violencia que se cuece aparte. Sin embargo, ante las evidencias de lo que sucede en EU y los túneles en nuestro subsuelo sería tiempo de que México empezara a pensar y actuar diferente. La legalización de las drogas no es una panacea, pero la prohibición sólo ha empeorado los riesgos de corrupción en el Estado mexicano. Una autoridad que no logra controlar a su reo más vigilado en un penal de 26 hectáreas quiere castigar la producción y venta de drogas en un territorio de dos millones de kilómetros cuadrados. Llegamos tarde a los cambios. Nos adaptamos a caminar, cuando el mundo y la evidencia nos exigen correr.
Publicado el 19 de julio de 2015
En el siglo XXI, el destino económico de un país dependerá de su capacidad de adaptación a los cambios en los mercados, la tecnología y los comportamientos sociales. Las naciones, como las especies, tienen que reformarse y evolucionar para sobrevivir. Esta semana, la realidad le ha puesto a México una serie de duras pruebas de adaptación y los resultados son preocupantes. La Ronda Uno para asignar contratos de exploración y explotación de petróleo fue en esencia nuestro examen de ingreso al orden energético global. La regulación de Uber demostró que el peso corporativo de los taxis pudo más que la voluntad de subirnos al tren del cambio tecnológico. La fuga del Chapo demuestra que México tiene la misma capacidad de adaptarse al mercado internacional de las drogas que un tiranosaurio rex a la caída de un meteorito en la península de Yucatán. Buscamos las respuestas en la historia y en la inercia, cuando las soluciones dependen de poder dejar el pasado atrás.
Durante décadas nos preocupamos que intereses extranjeros se querían enriquecer de la explotación de nuestro petróleo, pero cuando tiramos los muros a la inversión privada sólo dos invitados aceptaron la invitación a la fiesta. Ocho de los 14 bloques petroleros licitados en la Ronda Uno ni siquiera recibieron una sola oferta. No es lo mismo hacer un concurso con el barril a 100 dólares que a 50. La desangelada Ronda Uno demostró una asimetría en la percepción del valor de nuestra riqueza petrolera. Como sostiene el analista energético Gonzalo Monroy, la secretaría de Hacienda supuso que el valor comercial del petróleo en el subsuelo era muy superior a lo que estimaron las empresas. Después del acuerdo nuclear entre EU e Irán, este país del Medio Oriente anunció que en los próximos cinco años espera duplicar su producción de 3 a 6 millones de barriles. Para lograr esta meta, Irán busca forjar acuerdos y contratos de inversión privada similares a los que ofrece México. Esperamos décadas para abrir nuestro sector energético a la inversión privada. Dejamos pasar la era del petróleo caro. Nos adaptamos tarde.
El gobierno del Distrito Federal acaba de encarecer, perdón, regular el servicio de Uber y Cabify en la Ciudad de México. ¿Por qué sólo se permitirá usar coches con valor superior a 200 mil pesos? Cada vez que uses el servicio, en algún lugar de la tarifa, tendrás que pagar, en el futuro, como usuario el costo de este obstáculo a la competencia. Los choferes que se quieran autoemplear en Uber tendrán que pagar créditos más altos por autos más caros y el servicio se volverá, aún más, un lujo para chilangos privilegiados. Con este criterio, el GDF le puso un bache y un tope a la avenida por donde pasa la modernización tecnológica del transporte urbano.
Esta semana, mientras El Chapo se fugaba de una cárcel en el Estado de México, Barack Obama entraba a una penitenciaría en Oklahoma. Por primera vez en la historia, un presidente de Estados Unidos pisaba un penal. Obama escogió ese escenario para anunciar una reforma al sistema carcelario de su país. La iniciativa busca devolver la libertad a personas sentenciadas por venta de drogas, que no han cometido crímenes violentos. Mientras en varias partes de EU las personas compran y consumen legalmente mariguana, aquí las seguimos persiguiendo y encarcelando. El Chapo es un delincuente con una historia de violencia que se cuece aparte. Sin embargo, ante las evidencias de lo que sucede en EU y los túneles en nuestro subsuelo sería tiempo de que México empezara a pensar y actuar diferente. La legalización de las drogas no es una panacea, pero la prohibición sólo ha empeorado los riesgos de corrupción en el Estado mexicano. Una autoridad que no logra controlar a su reo más vigilado en un penal de 26 hectáreas quiere castigar la producción y venta de drogas en un territorio de dos millones de kilómetros cuadrados. Llegamos tarde a los cambios. Nos adaptamos a caminar, cuando el mundo y la evidencia nos exigen correr.
Esencia Bribona
Artículo de Eduardo Caccia para el periódico Reforma
Publicado el 19 de julio de 2015
Nada fácil tiene el panorama el presidente Peña, al cúmulo de descalabros sexenales se le suma esta semana el desdén del mercado para participar en inversiones petroleras y la multicitada fuga de Joaquín Guzmán Loera, que puso al país en el reflector mundial del narcotráfico y la vergüenza. Con ánimo de apoyar la figura presidencial (apoyar a México), le diría al Presidente que puede ser que sus reformas energética y educativa fracasen, le queda medio sexenio para otro logro: iniciar la transformación cultural del mexicano, una reforma social que modifique la forma negativa de ser mexicano, para pasar de una cultura de ilegalidad y desprecio por la ley a una de honestidad y legalidad. De conseguir el inicio de esta gesta, presidente Peña, su nombre pasará a la historia del lado de quienes han construido patria y servido a la nación (atributos que hoy la gente no le reconoce).
Mi recomendación será muy simple y a la vez retadora: presidente Peña, lea el libro Las hazañas bribonas: cultura de la ilegalidad, del doctor José Guillermo Zúñiga Zárate, y forme un equipo de trabajo que implante sus recomendaciones. Por supuesto, esperamos lo que no ha mostrado, su autocrítica, el buen juez por la casa empieza.
El doctor Zúñiga ha hecho una investigación científica sobre la cultura de ilegalidad en México y no puedo estar más de acuerdo con él cuando dice que el mexicano tiene una esencia bribona (ese lado astuto y sagaz para transgredir la ley, ser transa), que es parte de lo que yo llamo código cultural, una especie de instructivo intangible que nos hace actuar de cierta forma, a veces para el bien, otras para el mal, y que es implantado en los niños desde que empiezan a tener memoria, forjando un patrón de conducta proclive a la ilegalidad, que se hace de muchas leves transgresiones, pequeños actos permisibles que luego escalan a delitos mayores, y se autojustifican en cualquier nivel socioeconómico y cultural.
He visto, en una escuela primaria de alto poder adquisitivo, muchos autos en cuya placa trasera se ha sobrepuesto una mica que impide que el radar contra el exceso de velocidad les tome una fotografía y les multen. Hablo de padres de familia con educación, indignados por la corrupción en México, por la fuga de El Chapo, por el actuar del Presidente y su gobierno, que son, por otro lado, una manifestación de la enfermedad degenerativa y crónica del país: todos formamos parte de un sistema corrupto.
El doctor Zúñiga ha determinado un patrón de lo que llama "hazaña bribona" o acto de deshonestidad: la oportunidad (alguien me vende la mica antiinfracción), el sigilo (mi placa quedará oculta), la oposición (no quiero cumplir la ley ni pagar la multa) y la emoción (la satisfacción que me da brincarme la ley).
Su libro debería ser lectura obligada en familias, escuelas, iglesias, corporaciones y cualquier tipo de instituciones. Su mérito es que no sólo diagnostica bien, también da recomendaciones: evidenciar, hacer conciencia (al estilo AA) del patrón de deshonestidad (si se habla de ello desde la casa, oficina, calle, será más difícil hacer lo contrario, disminuiría la doble moral), abrirse a prácticas internacionales, usar manuales de procedimientos, lograr certificaciones, cumplir reglas y leyes sin excepciones (cero tolerancia), usar tecnología (GPS, cámaras de vigilancia, etcétera), implantar una cultura de legalidad desde casa (no es suficiente que haya leyes y reglamentos), cambiar la programación neurolingüística cultural, incluir a las mujeres (especialmente las madres, aquí coincide con Sara Sefchovich) para detener a los delincuentes de casa, entre otras.
La esencia bribona impide mover a México, es el componente activo de la corrupción y la falta de valores del mexicano, desde sacar provecho de un puesto y recibir beneficios ilícitos de proveedores sin importar el conflicto de interés, hasta escapar de una multa por exceso de velocidad o escapar de una prisión de alta seguridad. La esencia bribona es el túnel por donde se escapa el futuro de México.
Publicado el 19 de julio de 2015
Nada fácil tiene el panorama el presidente Peña, al cúmulo de descalabros sexenales se le suma esta semana el desdén del mercado para participar en inversiones petroleras y la multicitada fuga de Joaquín Guzmán Loera, que puso al país en el reflector mundial del narcotráfico y la vergüenza. Con ánimo de apoyar la figura presidencial (apoyar a México), le diría al Presidente que puede ser que sus reformas energética y educativa fracasen, le queda medio sexenio para otro logro: iniciar la transformación cultural del mexicano, una reforma social que modifique la forma negativa de ser mexicano, para pasar de una cultura de ilegalidad y desprecio por la ley a una de honestidad y legalidad. De conseguir el inicio de esta gesta, presidente Peña, su nombre pasará a la historia del lado de quienes han construido patria y servido a la nación (atributos que hoy la gente no le reconoce).
Mi recomendación será muy simple y a la vez retadora: presidente Peña, lea el libro Las hazañas bribonas: cultura de la ilegalidad, del doctor José Guillermo Zúñiga Zárate, y forme un equipo de trabajo que implante sus recomendaciones. Por supuesto, esperamos lo que no ha mostrado, su autocrítica, el buen juez por la casa empieza.
El doctor Zúñiga ha hecho una investigación científica sobre la cultura de ilegalidad en México y no puedo estar más de acuerdo con él cuando dice que el mexicano tiene una esencia bribona (ese lado astuto y sagaz para transgredir la ley, ser transa), que es parte de lo que yo llamo código cultural, una especie de instructivo intangible que nos hace actuar de cierta forma, a veces para el bien, otras para el mal, y que es implantado en los niños desde que empiezan a tener memoria, forjando un patrón de conducta proclive a la ilegalidad, que se hace de muchas leves transgresiones, pequeños actos permisibles que luego escalan a delitos mayores, y se autojustifican en cualquier nivel socioeconómico y cultural.
He visto, en una escuela primaria de alto poder adquisitivo, muchos autos en cuya placa trasera se ha sobrepuesto una mica que impide que el radar contra el exceso de velocidad les tome una fotografía y les multen. Hablo de padres de familia con educación, indignados por la corrupción en México, por la fuga de El Chapo, por el actuar del Presidente y su gobierno, que son, por otro lado, una manifestación de la enfermedad degenerativa y crónica del país: todos formamos parte de un sistema corrupto.
El doctor Zúñiga ha determinado un patrón de lo que llama "hazaña bribona" o acto de deshonestidad: la oportunidad (alguien me vende la mica antiinfracción), el sigilo (mi placa quedará oculta), la oposición (no quiero cumplir la ley ni pagar la multa) y la emoción (la satisfacción que me da brincarme la ley).
Su libro debería ser lectura obligada en familias, escuelas, iglesias, corporaciones y cualquier tipo de instituciones. Su mérito es que no sólo diagnostica bien, también da recomendaciones: evidenciar, hacer conciencia (al estilo AA) del patrón de deshonestidad (si se habla de ello desde la casa, oficina, calle, será más difícil hacer lo contrario, disminuiría la doble moral), abrirse a prácticas internacionales, usar manuales de procedimientos, lograr certificaciones, cumplir reglas y leyes sin excepciones (cero tolerancia), usar tecnología (GPS, cámaras de vigilancia, etcétera), implantar una cultura de legalidad desde casa (no es suficiente que haya leyes y reglamentos), cambiar la programación neurolingüística cultural, incluir a las mujeres (especialmente las madres, aquí coincide con Sara Sefchovich) para detener a los delincuentes de casa, entre otras.
La esencia bribona impide mover a México, es el componente activo de la corrupción y la falta de valores del mexicano, desde sacar provecho de un puesto y recibir beneficios ilícitos de proveedores sin importar el conflicto de interés, hasta escapar de una multa por exceso de velocidad o escapar de una prisión de alta seguridad. La esencia bribona es el túnel por donde se escapa el futuro de México.
julio 02, 2015
Caín y Abel
Es probable que utilizando un lenguaje que les sea común en el PAN
entiendan la metáfora: en el Génesis, cuando Dios le pregunta a Caín sobre
Abel, éste le revira: "¿Soy acaso el guardián de mi hermano?"
Lo que sucede en Acción Nacional no es un hecho que sorprenda. He sostenido desde hace casi tres lustros que la gran zona de confort de ese partido es siendo oposición y,
una vez que han gobernado, la descomposición era sólo cuestión de tiempo.
El PAN lleva desde que asumió el poder –hace poco más de 14 años–, una
relación perder-perder consigo mismo, con sus simpatizantes y con la sociedad
en general: Calla a voces críticas; se aleja de la ciudadanía; se ve envuelto
en asuntos de corrupción siendo gobierno; ha generado malos resultados
electorales en todas las contiendas donde ha participado y un sinfín de temas en cascada que en nada han
abonado a la mala reputación que este partido ha ganado.
Es cierto que el PAN no tiene la patente de un gobierno que entrega
malas cuentas a la sociedad. A final de cuentas es un sistema generado hace más
de setenta años para el cual lo menos importante fue y ha sido el ciudadano común, y
es justamente ese sistema el que ha sido replicado por gobiernos de izquierda y
de derecha, de panistas, perredistas y, desde luego, de los dueños de la
franquicia, el PRI.
Y en ese ánimo de un sistema que se repite (sea cual fuere el
gobierno) y como una muestra más de que lo que menos importa es el individuo,
hoy el PAN vive una crisis que no le creció como post-gobierno sino que la
viene padeciendo desde que fue gobierno federal.
Hoy nos encontramos con cuando menos tres grupos (visibles), que
buscan el ajuste de cuentas y las purgas en Acción Nacional.
El primero es el PAN que terminó de ser gobierno y quiere seguir influyendo en él, sin querer darse cuenta que fue la población quien lo remitió a un tercer lugar en las elecciones de 2012 gracias a ese último mandato que fue, por decir lo menos, inepto y que apenas logró escalar una posición en junio pasado (más por la desintegración de la izquierda que por méritos propios).
El segundo es quien se ha adueñado tanto del partido como de sus posiciones clave (en el Congreso); que ha hecho del pragmatismo su estandarte pues ha hecho alianzas impensables, molestas para el panismo tradicional y que ha demostrado una gran estulticia al momento de justificar los datos duros sobre su desempeño.
El tercero (más identificado con ese segundo PAN) es el partido de siempre, el que sólo ha
sabido ser una oposición “a modo” de los gobiernos del PRI y que ahora parece
ser sólo un observador al ser el grupo más alejado de la contienda por ver
quién preside a su partido.
Hoy los panistas de siempre, de tanto criticar a las “tribus” ajenas,
se miran en un espejo de decepción.
En parte la ineptitud y en parte las ambiciones personales, hacen que un partido político produzca conflictos internos y ocasione una pérdida irreversible de adeptos, y también logra que al exterior sea percibido como una opción poco confiable de gobierno. Una muestra de lo que es capaz de hacer un partido que reúne estas dos condiciones es el Partido Acción Nacional que nos está tocando ver cómo se despedaza.
La paliza que el PAN se está dando a sí mismo –y yo añadiría, al México que se quedó esperando el cambio y al México con memoria– refleja, más que la participación activa en las decisiones que todo partido político serio debe negociar y tomar con toda la cautela y consenso permitidos, la avidez por el dinero y por una porción de poder que les permita negociar con el actual partido en el gobierno.
Por una parte vemos a un Gustavo Madero (presidente del PAN), que si fuera el director de mercadotecnia de una marca que hasta hace nueve años tenía la mayor participación en el mercado y que de pronto cae de manera formidable en números desde 2012, no sólo en la distribución nacional sino en estados clave como Jalisco, San Luis Potosí y ciudades con una importancia similar, lugares donde era impensable que perdieran posición, ya lo hubieran corrido sin miramientos, sin indemnización y, faltaba más, sin carta de recomendación. De seguir así y con doce Estados en disputa para 2016, la debacle será mucho mayor.
Por la otra, vemos a un Felipe Calderón que no se cansa de querer salir en la foto o de impulsar a su mujer a lo que muchos llaman su reelección transversal. El autodestape de Margarita Zavala como precandidata a la presidencia de México una semana después de haberse postulado (también con video) como contendiente por la presidencia del PAN –donde seguramente sí tendría posibilidades y sí sería de mucha ayuda–, no sólo pretende mostrar el músculo político que Felipe Calderón cree tener aún; muestra algo que durante todo su sexenio mostró: la necedad y la mecha corta. Lejos de ser un personaje analítico es increíblemente reactivo y se está haciendo acompañar en esa necedad por su mujer.
El PAN necesita –igual que la izquierda–, tener un proceso de refundación guiado, cuando menos, por las ideas de aquellos que lo hicieron una opción diferente de ejercicio político. Obvia decir que ya no tiene un Gómez Morín o un González Luna y ni pensar siquiera en que se vea en el horizonte panista un Castillo Peraza, pero es un momento en que el PAN necesita más ideólogos que políticos, sobre todo cuando cada día se demuestra que éstos últimos traen consigo un alto grado de contaminación.
Interesantes tiempos se vienen para este partido político si sabe
capitalizar lo que significa tener apertura dentro de la oposición pero reencontrando su lugar como un partido que se abre a una ciudadanía olvidada por
ellos durante más de dos sexenios.
Por lo pronto el presidente del PAN, el tibio Gustavo Madero, tendrá
que revisar qué grupo, dentro de su partido, fue el que hizo valer la vieja
frase de su tío abuelo: “Muerden la mano que les quitó el bozal”.
junio 16, 2015
En Campaña
(Publicado en la Revista Merca 2.0 correspondiente al mes de junio de 2015)
Así de duro.
Decía Henry Kissinger que el noventa
por ciento de los políticos dan mala reputación al diez por ciento restante.
Conocía México, pero ese dicho sin duda lo expresó para referirse a Estados
Unidos. De haberse referido a México, la cifra hubiera quedado corta; no por
nada el nivel tan bajo de reputación que guarda la política en nuestro país –cuando
menos, de acuerdo con las encuestas–.
Es un hecho que una campaña para
elegir diputados (y algunos gobernadores), no tiene el mismo peso que una
elección presidencial. Desde los tiempos del partido único donde la voz del
Congreso era sólo un eco de la voz del presidente, esta elección era vista por
la gente como el reacomodo que el PRI hacía de sus cuadros para que todos
jugaran y nadie se quedara fuera del presupuesto (de ahí que este tipo de
elecciones haya sido, históricamente, ganada por la abstención).
El
presupuesto
Sin embargo, y no obstante llegar a
esta elección con un panorama completamente diferente al de hace algunos
lustros, la abstención seguramente volverá a ganar, pero esta vez tendrá un
rival más fuerte: la anulación de quienes, yendo a votar, tachen su boleta para
inhabilitarla y demostrar con ello el hartazgo del que los partidos no se
quieren dar por enterados.
Veamos el presupuesto: El
financiamiento público a los partidos políticos en este año es de poco más 1,606
millones de pesos para campañas más unos 160 millones más para “actividades
específicas” que comprenden educación y capacitación política (que es promoción
al voto vía obsequios y propuestas “a ras de piso”), investigación
socioeconómica y política (encuestas políticas), así como tareas editoriales
que comprenden la producción de medios impresos propios. Como dato, es
importante saber que esa cantidad de dinero la calculan multiplicando el número
de personas inscritas en el padrón electoral por el 65% del salario mínimo
diario vigente para el Distrito Federal.
Todo
es discrecional
En estricto sentido de proporción, el
presupuesto que cada partido tiene para sus campañas varía de acuerdo con los
resultados electorales previos.
Normalmente, cuando se trata de
elecciones para gobernador, cada partido dispone de un 55 a 60% del presupuesto
para difundir la imagen del candidato al gobierno local; de un 20 a 25% para
las campañas de los presidentes municipales y el resto para reforzar la imagen
del partido (léase candidatos a diputados locales).
Es importante decir que este
presupuesto no se reparte en forma pareja; por supuesto que no. Siempre hay
consentidos (que aunque no aparezcan como plurinominales) a quienes se les dan
preferencias presupuestales.
También es importante señalar que, a
partir de las modificaciones que tanto en 2008 como en 2014 sufriera la ley
electoral, las inserciones en radio y televisión (que representaban lo más caro
de las campañas) son gratuitas, pues toman parte importante de los tiempos
oficiales que por ley corresponden al Estado, más los que designó el Senado a
raíz de dichas enmiendas.
Esto quiere decir que, dejando de lado
la producción de los spots que se transmitirán gratuitamente y que cuestan muy
poco del presupuesto, todo lo demás –se supone–, se canalizará por medio de
propaganda Below The Line.
La
duración
No tomaré en cuenta en este análisis a
los candidatos independientes por dos razones: la primera es que su presupuesto
no es significativo en contraste con las posibilidades de exposición en medios
electrónicos que tiene un candidato con afiliación, por el simple hecho de que
su partido sí se anuncia en Radio y TV. La segunda porque tal nivel de
inequidad arrojará un mínimo de ganadores.
Por otra parte, de las pocas cosas
buenas que ha traído la nueva ley electoral es la duración de las campañas. Las
precampañas duran un promedio de 40 días y los partidos en conjunto pueden
tener presencia en Radio y TV hasta por un minuto cada hora de transmisión. Ya
en campaña, deben hacerse durante los 60 días previos a la elección y el tiempo
de exposición en los medios mencionados podría triplicarse.
Los
contenidos, para llorar
A falta de propuestas llamativas o
creativas en los spots de radio y TV –que ahora por ley suman hasta 48 minutos
diarios de las 6 a las 24 horas en cada emisora–, la atención se volcó hacia la
opinión que de los partidos políticos se tienen en unas cada vez más
polarizadas redes sociales, donde los memes, videos e historias refrendan lo
anticlimático que sobre este asunto estamos viviendo ante la impavidez de los
referidos.
La democracia en México sigue llena de
adjetivos –en alusión a lo que señalara en los ochenta Enrique Krauze–, y de
todos esos adjetivos, les aseguro que ninguno es bueno.
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