junio 01, 2017

Comunicación Política

El periodista y activista político argentino Luis Favre decía, intentando deshacer un mito, que la comunicación política (marketing político le llamarían algunos), no cambia a los candidatos, no los transforma: sólo les permite comunicar lo que ellos quieren.
En las últimas décadas, en los centros donde se elaboran las campañas electorales y se toman las decisiones políticas, es común hablar de marketing político o politing en lugar de comunicación política.

Con el único propósito de informar a quienes no estén informados, el marketing político no tiene nada de novedad. La primera aplicación de modos y procedimientos del marketing dentro de las campañas electorales, tiene su origen en los 50s en Estados Unidos, cuando se incorporaron técnicas de investigación de mercado y lenguaje publicitario a la comunicación política. Aún y con estas herramientas propias de un flujo de comunicación efectivo, prefiero llamar a esta disciplina comunicación política en lugar de marketing político, término que considero petulante.

Elementos
Más allá de la incorporación de las herramientas mencionadas, hay tres actores fundamentales que toda comunicación política debe cuidar en forma permanente, –ayudados por la semiótica inherente al trabajo de comunicación–: los políticos, los periodistas y la opinión pública. Definida en un rango de amplitud muy alto, la comunicación política es una disciplina que comprende una gran parte de las actividades persuasivas y exhortativas que se realizan en el ámbito público.
En un principio, la comunicación política se refería a la comunicación del gobierno hacia el electorado. Después, al intercambio de discursos entre los gobiernos y sus oposiciones, incorporando el análisis de los medios de comunicación para la gestión de la opinión pública y la influencia de la investigación, sondeos y encuestas en periodos electorales. Actualmente, se refiere al papel de la comunicación en la vida política. Así, la confrontación entre opositores en un contexto democrático se lleva a cabo en el modo comunicacional.

Funciones
Según Alan Touraine, la comunicación política debe relacionarse con la crisis de la representación política. Me explico: la representatividad estaba basada en la defensa de los intereses generales de la colectividad –llámese país o gente–, hoy ningún grupo parece representar este interés y esto se observa en sus demandas, mismas que son cada vez más diversificadas en lo económico, en lo cultural y en lo político y, por supuesto, en el papel de un Estado definido por las redes institucionales en las que se basan las libertades públicas.

Desde ese punto de vista, la comunicación política, institucional, tiene tres funciones fundamentales:

a)    Informar y regular el intercambio de comunicación entre gobernados y gobernantes, a través de canales formales e informales.

b)    Persuadir estratégicamente, identificando objetivos y temas de la agenda pública que deben traducirse en políticas públicas.

c)    Legitimar a través del diálogo y el debate cuando los temas de la agenda pública se someten al escrutinio de la opinión pública.

En lo relativo a campañas
Ahora bien, desde hace 50 años hemos aprendido que la política debe transmitirse haciendo una exploración y explotación de las emociones del electorado; no es difícil comprobar que la gente se guía más por las emociones que por las razones: hay elementos de identidad y participación que tienen qué ver más con la emoción que con lo racional.
Esos son elementos que hemos observado en las campañas electorales del último medio siglo. Con respecto a los medios, la televisión sigue –y seguirá– siendo el medio más acudido para expresar adecuadamente la construcción de reputaciones y con ellas, las historias que se construyen y se cuentan. Sobre las redes sociales, pienso que hemos exagerado su influencia, tienen una importancia relativa pero la gestión de la opinión pública se sigue creando a través de los medios masivos tradicionales: la televisión, la radio y los medios impresos.
Las redes sociales –y eso es muy importante entenderlo por parte de quienes contratan nuestros servicios–, son importantes para no quedar fuera de su alcance, sin embargo son solo un complemento, no determinante, en la influencia sobre un votante.
Sobre los contenidos de los que hablábamos en párrafos arriba, es muy importante desarrollar una narrativa, una historia qué contar. Sin ello, no hay posibilidades de posicionamiento.
Lo que decía Napoleón es el eje central de esta actividad: "¿De qué sirve detentar el poder, cuando no se tiene consigo a la opinión pública?" Al final de cuentas, no se puede construir un país diferente con personas tan indiferentes.

enero 13, 2017

La Comunicación Pública

El enorme poeta inglés (por cierto, uno de mis favoritos), William Blake, escribió en The Marriage of Heaven and Hell, que si las puertas de la percepción se depuraran, todo aparecería a los ojos del hombre como realmente es: infinito. Ya que –escribió–, el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna.
Nada más duro cuando uno de los pilares fundamentales de las relaciones públicas es precisamente la construcción de reputaciones bajo el manejo indiscriminado de las percepciones, sobre todo cuando se trata de generar confianza.
Mas duro aún, cuando todo un equipo de comunicación nada ha podido hacer para cambiar una percepción negativa, porque no ha sabido cómo presentarle a sus diferentes públicos, tanto yerros como hechos que resultarían benéficos.
El gobierno
Por muchos años se ha creído que parte de la perversidad de muchos gobiernos (sobre todo los que ha tenido este país), ha sido fomentar la ignorancia de la gente o, cuando menos, incentivar la distracción hacia temas intrascendentes (circo, más que pan).
Lo menciono porque si a alguien debemos responsabilizar de que el mexicano sea un pésimo lector, es precisamente a aquellos que han promovido la sustitución de un buen libro por una telenovela (por citar un ejemplo), porque no se han encargado de una obligación insoslayable: vigilar que los medios –sobre todo los electrónicos–, cumplan con la oferta de los títulos de concesión a que se obligan.
Ahora que nuevamente se presenta la oportunidad de dar un salto fundamental de desarrollo (estamos viviendo un momento realmente crucial para todos nosotros), el gobierno, aquel que ha inducido esa ignorancia, está siendo víctima de sus propios yerros pretéritos: muy pocos le entienden, muchos se dejan engatusar por “apóstoles” del nacionalismo y una gran mayoría está siendo manipulada por quienes les dicen justamente lo que quieren escuchar.
La eterna referencia
Muchas veces he escrito en este espacio que la cultura forma parte absolutamente necesaria para desarrollar un trabajo de comunicación (de cualquier disciplina). Entender este y muchos otros contextos históricos es imprescindible para quien se dedica a esto.
La mayoría, les aseguro, lo pasan por alto. Prefieren medio entender nuevas tecnologías y difundir términos de moda (que todos, absolutamente todos, se encuentran en la cultura base) que ilustrarse para entender mejor a dónde vamos como consumidores y como país. Son tiempos en que los jóvenes que hoy manejan las relaciones públicas, hacen ver a la estrategia como un valor de segunda mano.
Lo que se percibe
No es una generalidad pero sí un botón de muestra: ya son varias las encuestas en las que varias personas se referían a que las reformas (que las habían difundido como prometedoras de beneficios inmediatos) no les estaban trayendo lo prometido –refiriéndose en concreto a la reforma energética y la promesa explícita de bajar los precios de energía eléctrica, gasolina y gas–, porque sus recibos seguían al alza.
De entrada (y dejando a un lado el sentir de estos entrevistados), lo más obvio es asumir que la autoridad en materia de comunicación gubernamental no supo difundir cuatro cosas sustanciales: 1) Las reformas contaron con el apoyo de las tres fuerzas políticas más fuertes; 2) Los beneficios no serían tangibles sino a mediano y largo plazo y, 3) No son propuestas aisladas: cuando menos la energética está forzosamente ligada a la hacendaria (que es donde todo cojea); y 4) Todo el panorama cambia con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos.
¿Qué procede?
Primero, el gobierno federal tiene que desarrollar una mucho mejor estrategia de contenidos. Hasta ahora, no sólo no ha sido contundente sino que ha dejado un enorme margen a la crítica y a la especulación.
Segundo, tiene que ser mucho más claro y efectivo en lo que comunica: no debe perder el tiempo y la atención de la gente en figuras retóricas, ni debe descontextualizar los hechos –decir que todo seguirá igual con Trump no sólo es demagogo, es imprudente–: el contexto cambia completamente.
Y tercero, debe hacer un manejo mucho más eficiente (gráfico) de cifras. Cifras que pongan en contexto muchas cosas (sólo como ejemplo: cómo se afectaría el TLCAN con las posibles modificaciones propuestas por el gobierno de Trump), con el objeto de que se dimensionen los temas que más pudieran polarizar a la opinión pública.
Decía otro clásico, el psicólogo francés del siglo XIX Alfred Binet: “La experiencia y el razonamiento nos prueban que en toda percepción hay trabajo”.

Este es mi artículo No. 100 para esta entrañable revista. Hasta el próximo mes.

La Revolución

  por Manuel Moreno Rebolledo Con 110 años de edad, la Revolución Mexicana –impulsada por la pequeña burguesía de la época y con un ideario...